De las cosas maravillosasMientras recorre la vida, el hombre anhela cosas maravillosas y cuando las cree a su alcance trata de obtenerlas. Ese impulso y el de seguir viviendo se parecen mucho.
Nuestro mundo es implacable, pero abunda en cosas maravillosas. Haré, al azar, una lista: un rostro de mujer; la libertad para quien está preso; la salud para quien está enfermo; algo que ve un chico en una juguetería; un cambio de luz después de la lluvia, que infunde intensidad en los colores de la tarde; una música; un poema; un premio inesperado; para algunos, por increíble que parezca, la esperanza de escribir una buena historia… Son tantas las cosas maravillosas, y tan variadas, que su enumeración resulta siempre insatisfactoria. Por si fuera poco abarcarlas todas, intentaré una clasificación.
Hay cosas que son maravillosas antes de la posesión, cosas que lo son durante y cosas que lo son después.
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Entre las cosas maravillosas que se manifiestan en la posesión algunas duran toda la vida, otras un instante. Durables: la lectura, el estudio, la investigación científica, la composición literaria, la composición y la ejecución musicales, la pintura, la escultura, la práctica de juegos como el ajedrez y los deportes. Fugaces: luego de una larga ausencia, en el primer despertar en el campo, la luz del día en las hendijas de la ventana; en medio de la noche, despertar cuando el tren para en una estación y oír desde la cama del compartimiento la voz de gente que habla en el andén; […] el olor del pan que tuestan a la hora del té; el olor del pasto recién cortado. Si recuerdo que la muerte significará no volver a pasar por ninguno de estos momentos, moriré con desconsuelo.
Ocasionalmente la nostalgia refuerza la fascinación de estas cosas.
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Viajes y trabajosCreo que el viaje es un buen ejemplo de cosas maravillosas antes y después de la posesión. Los habrá, sin duda, maravillosas antes, mientras y después, pero la verdad es que el viaje propiamente dicho mantiene, a través de los años y a pesar de tanta invención extraordinaria, algo de su prístina (1) dureza. Es claro que en el recuerdo, las corridas, las fatigas, las ansiedades, las esperas y más de un mal momento se convierten en risueñas aventuras de las que fuimos protagonistas.
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Me gustaría creer que esta reflexión sobre las cosas maravillosas nos ayuda a conocernos mejor o siquiera nos recuerda a qué grupo humano pertenecemos; a quienes buscan lo que deja de ser maravilloso en la posesión o al de quienes buscan lo que es maravilloso en la posesión y continúa siéndolo después.
Repercusiones del amorEn un momento de irritación contra las ideas románticas, me pregunté si la pareja de enamorados realmente merece el lugar que le acuerdan tantas novelas, películas y obras de teatro.
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La literatura es partidaria del amor. La opinión pública suele apoyar a los enamorados, pero considera el amor como una enfermedad o poco menos.
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Walpole dijo que el casamiento siempre es un error considerable, pero que el casamiento por amor es el peor de todos. ¿Convendrá más uno por despecho?
Las mujeres en mis libros y en mi vidaA la hora del té, en el club de tenis, preferí siempre la sociedad de las mujeres. Por aquellos años me dio por clasificar al prójimo en dos grupos, históricos y filosóficos. Entre los hombres abundaban en el club los históricos, propensos a referir, punto por punto, los cinco “sets” que habían jugado a la tarde; las mujeres, en cambio, eran filosóficas: decían por qué les había gustado o disgustado una película, una novela o el proceder de una amiga. Desde luego, para querer a las mujeres no me faltaron mejores razones.
Mucho antes de ser escritor me puse a escribir una novela para enamorar a una mujer. No conseguí ni lo uno ni lo otro, pero sospecho que ese primer intento dejó en mí algo que me encaminó a este oficio de escribir, en el que trabajo desde hace mucho y que me parece el mejor de todos.
El centro de atenciónAl comienzo de mi vida me aterraban sueños que yo confundía con realidades. Bastó que una mujer ocupara el centro de mi atención para que los terrores desaparecieran. Muy pronto una mujer ocupó el centro de mi atención.
Las mujeres me revelaron que algunos lugares comunes, corrientemente aceptados entre los hombres, son moneda falsa; me educaron, ampliaron mi comprensión, me afinaron el tino y me ayudaron a distinguir lo que es auténtico de lo que no lo es.
Como siempre las quise, quedé bastante preocupado cuando una amiga, después de leer uno de mis libros, me reprochó la mala opinión que yo tenía de las mujeres. Quedé preocupado y hasta me pregunté qué podía esperar de mí, como escritor si no lograba que hubiera coherencia entre lo que sentía y lo que expresaba. De tales preplejidades me sacó una novelista, al asegurar que en mis relatos me manifestaba como firme partidario de las mujeres. Esta gratificante aureola no duró demasiado, porque otra novelista, muy amiga mía, me explicó que las mujeres de mis relatos son tontas o “no existen”, con la excepción de una de mis heroínas, una tal Clara, “que es querible, pero no tiene alma de mujer”. Para reponerme un poco me dije, no muy convencido pero con el necesario coraje, que el escritor debe esperar tantas interpretaciones como lectores y que de nada vale aferrarse a la más adversa. Pensé también que la gente no lee, ni tiene por qué leer todo lo que uno escribe.
Las cartasDe los géneros literarios, el más difundido es el de las cartas.
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Casi todos, al escribir sobre nosotros mismos o sobre cosas que nos atañen, lo hacemos con gusto, pero cuando por deferencia dirigimos nuestra atención al destinatario de la carta, decaemos y recurrimos a frases hechas, a lugares comunes, a una formalidad ostensible.
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La experiencia me enseñó algo que nadie ignora: es más fácil escribir por íntimo impulso que por compromiso. Yo escribí por compromiso mi primera carta. Para un cumpleaños alguien me mandó unos libros que debieron maravillarme […].
El regalo me pareció doblemente deficiente: no eran juguetes y eran libros sin ilustraciones. Mis padres me dijeron que debía escribir una carta de agradecimiento. […] de aquel episodio me ha quedado un recuerdo imborrable: el de mi contrariedad.
Aparentemente bastó ese mal comienzo para que yo siguiera, hasta hoy, escribiendo cartas por compromiso. La pereza me lleva a postergarlas y, cuando por fin las escribo, debo disculparme por la demora y rogar a mi corresponsal que de ninguna manera la atribuya a un menosprecio de su persona, ya que, por el contrario, siempre me ha merecido la más alta consideración, etcétera, etcétera. Así nadie escriba cartas atractivas.
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Las cartas de amor son un género difícil. Los enamorados […] raramente dejan epistolarios de grata lectura. Quien escribe a la persona amada siente que nunca es bastante expresivo: el tercero, que un día lee esas frases, las encuentra exageradas y huecas; resultan acaramelados los apodos íntimos, la misma ternura, los encabezamientos al estilo de “mi adorada cabecita loca”; evidentemente, el amor es un sentimiento privado.
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En mi juventud leí con agrado […] unas cartas anónimas: “Cartas de un marciano”, de las que recuerdo esta observación sobre los hombres: “Cuando envejecen pierden total o parcialmente la capacidad de oír. No imagines que entonces descartaran las orejas, como nosotros. Por el contrario, las agrandan. Esas orejas grandes, inútiles, me parecen un buen símbolo de la imbecilidad humana”.
El humor en la literatura y en la vidaLa inteligencia, con la ayuda del tiempo, suele transformar la ira, el rencor o la congoja, en humorismo. Aunque hoy nadie se declare desprovisto del sentido del humor, los que miran con desagrado el humorismo no son pocos. En su fuero interno, buena parte de la sociedad tiene la convicción de que sobre ciertas cosas no se toleran bromas. A muchos, el humorista, sobre todo el satírico, les altera el estado de ánimo. “El mundo no es perfecto, pero prefiero que no me lo recuerden”, asegura esa gente, y envidia a los necios “porque a ellos les está permitida la felicidad”.
Desde luego que hay humoristas que fomentan la irritación contra el humorismo. Son los de […] broma sobre broma. Las mujeres tienen poca paciencia con ellos; yo también.
En mi aprendizaje – qué digo, toda la vida es aprendizaje -, en mi juventud, arruiné algunos textos por la superposición de bromas. Una amiga, docta en psicoanálisis, me previno: “El humorismo enfría. Interpone primero una distancia entre el autor y la situación y después entre la situación y el lector”. Tal vez alguna verdad haya en esto.
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Italo Svevo, minutos antes de morir, pidió un cigarrillo al yerno, que se lo negó. Svevo murmuró: “Sería el último”. No dijo esto patéticamente, sino como la continuación de una vieja broma; una invitación a reír como siempre de sus reiteradas resoluciones de abandonar el tabaco. Al referir al hecho, el poeta Humberto Saba observó que el humorismo es la más alta forma de la cortesía.
Yo acepté en el acto la explicación de Saba, pero cuando trataba de explicarla no me mostraba muy seguro. Después de un tiempo la entendí. Un periodista amigo me había preguntado cuál era el sentido de mi obra. Acusé el golpe, como dicen los cronistas de boxeo, y alegué que tales aclaraciones no incumbían a un narrador; que si mis libros justificaban una respuesta, ya la darían los críticos, bien o mal. No habré quedado del todo satisfecho, porque esa noche, antes de dormirme, de nuevo pensé en la pregunta del periodista y me dije que un posible sentido para mis escritos sería el de comunicar al lector el encanto de las cosas que me inducen a querer la vida, a sentir mucha pereza y hasta pena de que pueda llegar la hora de abandonarla para siempre. Entonces recapacité que yo quizá no lograra comunicar ese encanto, porque el afán de lucidez con frecuencia me lleva a descubrir el lado absurdo de las cosas, y el afán de veracidad me impide callarlo. Mientras analizaba todo esto comprendí que el humorismo es cortés porque el señalar verdades recurre a la comicidad. Si muestra lo malo, mueve a risa, y cuando alguien recuerda la amarga verdad que dijimos, sonríe porque también recuerda cómo la echamos a broma.
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En tal sentido, si mis fuentes son veraces, Buster Keaton, el actor cómico, tuvo una muerte ejemplar. Alguien, junto a su cama de enfermo, observó: “Ya no vive”. “Para saberlo – respondió otro – hay que tocarle los pies. La gente muere con los pies fríos.” “Juana de Arco, no”, dijo Buster Keaton, y quedó muerto.
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Todavía más grata me parece la respuesta que […] dio un andaluz cuando alguien le preguntó si era Gómez o Martínez: “Es igual. La cuestión es pasar el rato”.
Para concluir citaré palabras de un personaje de Jane Austen: “La gente comete locuras y estupideces para divertirnos y nosotros cometemos locuras y estupideces para divertir a la gente”. Un buen ejemplo de humorismo y una muy buena compasiva interpretación de la historia.
(1) Prístino/a: adj. Originario, primero, original, primitivo.