lunes, 9 de agosto de 2010

Ese ángel blanco

Miró hacia el mar. Sus ojos se posaron en él como explorándolo, con total ausencia de conocimiento, como si éste fuera su primer encuentro. Buscaba una clave, una palabra, algo que le permitiera aclarar su mente nublada de imágenes, de vagos recuerdos. Pero no era posible. Nada se desvanecía. Todo permanecía como entonces.

Sus ojos fijos, su voz sonante, sus brazos siempre cálidos. Y esa ausencia que sólo permanecía…

El sol comenzaba a bajar y el color del mar lentamente se transformaba. La tranquilidad de esa alejada playa y el recuerdo de sus primeros años, eran su única compañía y agradecía que así fuera.

Las tardes en aquella casa tan llena de memoria, tan llena de felicidad. Ese aire de barrio, de tango, de tardes de mate bajo el calor de esa vieja parra. El juego de cartas y el pan con manteca. Y el tango, siempre el tango.

Se puso de pie y lentamente, comenzó a caminar con los pies sumergidos en ese inmenso mar. Su mente iba y venía en el amplio escenario de los recuerdos. Su alma se cubría de dolor y de sentimientos opuestos. Extrañaba su presencia, extrañaba su olor a colonia; necesitaba de su presencia.