Sus ojos fijos, su voz sonante, sus brazos siempre cálidos. Y esa ausencia que sólo permanecía…
El sol comenzaba a bajar y el color del mar lentamente se transformaba. La tranquilidad de esa alejada playa y el recuerdo de sus primeros años, eran su única compañía y agradecía que así fuera.
Las tardes en aquella casa tan llena de memoria, tan llena de felicidad. Ese aire de barrio, de tango, de tardes de mate bajo el calor de esa vieja parra. El juego de cartas y el pan con manteca. Y el tango, siempre el tango.
Se puso de pie y lentamente, comenzó a caminar con los pies sumergidos en ese inmenso mar. Su mente iba y venía en el amplio escenario de los recuerdos. Su alma se cubría de dolor y de sentimientos opuestos. Extrañaba su presencia, extrañaba su olor a colonia; necesitaba de su presencia.